El hombre de las mil caras

Truman Capote empezó en el periodismo seleccionando tiras cómicas y recortes de periódicos para el The New Yorker con 17 años. Duró poco, porque más tarde dejó el puesto y decidió ponerse a escribir. Al inicio sólo fueron unos relatos, pero más tarde se pasó a la novela y cuando hubo publicado dos, lo intentó también con los guiones de cine, incluso escribió un musical para Broadway, Casa de Flores. Nunca publicó ningún poema, pero dio forma a la encantadora Holly Golightly, aunque una década después fuera también quien escribiera la sangrienta historia de la familia Clutter.

Truman Capote lo intentó todo. Con mayor o menor acierto, fue cuentista, novelista, periodista, guionista, incluso actor. Y, a la postre, una celebridad.

De haber sido músico, Capote tendría álbumes de rock, jazz, pop y puede que de vivir en este siglo, alguno de rap o reggaeton. Como Frenkie De Jong, que tan pronto podría aparecer en un disco con Los Manel, como echar alguna rima en una canción de la Pawn Gang con su peinado de niño bueno.

En menos de cuatro años, Frenkie ha jugado de central, de pivote, solo y acompañado, de interior más cercano a la base, también como el más lejano. Ha actuado de punta de lanza en la presión y de escoba por detrás. Ha jugado a desmarcarse cada tanto, a compensar el movimiento de los demás, incluso a ser un llegador. Aunque hoy aún se le sueña como un organizador y alguno hasta lo imagina de lateral.

El neerlandés ha sido el hombre de las mil caras. A cada partido estaba obligado a enseñar una distinta. Alguna inimaginable hasta para él. «Tengo mucho que mejorar, el número de pases decisivos, marcas más goles», le respondía en una entrevista a Joan Josep Pallás a su llegada a Barcelona. Y de diciembre a febrero de la temporada pasada, lo cumplió. Siete goles producidos en catorce partidos, su mejor momento hasta hoy actuando como llegador. El violinista terminó sonando mejor a manos de la batería.

Frenkie habla con frases cortas. Es hombre de pocos titubeos. No le tiene miedo a ciertas palabras y, cuando le preguntan qué siente al perder el balón, es claro: «Que es una mierda». Responde por pura intuición, de la misma manera en que jugaba en el Ajax, sin miedo. Capaz de vivir en Elm Street y jugar a hacer la siesta pasada la medianoche por mera diversión. «No se puede jugar con miedo», le respondía en una entrevista a Juan Irigigoyen.

No ha sido este el Frenkie de Barcelona, aquel que le ha perdido el gusto a jugar en el alambre, a hacer malabares con tijeras y chinchetas, perdido en mil posiciones. En Napolés, sin embargo, pareció firmar un punto y aparte. Se desmelenó el flequillo. Y, desde el interior izquierdo que le ha ideado Xavi, el neerlandés intervino en salida, participó en el segundo escalón y continuó siendo decisivo con sus llegadas a gol. Uno y mil Frenkies, pero ahora todos a la vez. Con libertad. ¿Será esta la solución?

Truman Capote escribió que «la prueba para saber si un escritor ha dado con la forma natural de su relato, consiste en preguntarse si es posible imaginarla de otra manera o, por el contrario, acalla la imaginación y parece que es una forma absoluta y perfecta. Como una naranja. Como una naranja que la naturaleza simplemente ha hecho bien».

¿Será capaz Frenkie de convertirse en naranja?

Por Àlex Honrubia (@alexhonrubia01)

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