Aunque no sea conmigo

Un año después ver a Leo Messi sin la camiseta del FC Barcelona es igual de raro que el día en el que se oficializó su salida

Todavía tengo presente el 5 de agosto de 2021 en el que Leo Messi se fue del FC Barcelona. Era una tarde calurosa en la que, en un bar cerca de la Plaza de Tetuán de Barcelona creo recordar, buscaba en la compañía de mis amigos un refugio. Llegaba de un lugar al que nadie desea ir, mucho menos para avecinar puntos finales. Necesitaba aire aunque la humedad no fuera precisamente una gran aliada. En un momento dado me distraje de la conversación con el móvil para revisar si había recibido algún mensaje o llamada importante. Pero una notificación confirma lo inimaginable y de repente todo se para en seco.

Tras entonar el ‘no puede ser’ me invadió un silencio absoluto. Ni una sola palabra después de la noticia de Messi. Hacía pocas horas la vida me había puesto a prueba con aquello de “es imposible que esto me esté sucediendo a mí” y poco después lo volvía a hacer. Como si de un capricho se tratara, en la segunda ronda lo hacía con lo más importante de lo menos importante: el fútbol. Pero poco hierro le puedes quitar a algo que forma parte de tu personalidad, de lo que presumes con orgullo y que te ha hecho disfrutar durante tanto tiempo. Porque lo del astro argentino durante sus 15 años en el primer equipo fue la normalización de una excelencia al alcance de unos pocos elegidos. Por no decir que él era el único. Tantos años comiéndonos finales felices desde Hollywood y al final, uno de los pocos que realmente queríamos que sucediera, se había ido a la mierda.

Por si fuera poco, incluso en el día de su despedida Messi me regaló un favor: usarlo por última vez como excusa para llorar. No por masculinidad tóxica -que probablemente se manifieste en otros aspectos que debo corregir-, ya que una de las cosas que me ha perseguido desde mi infancia es la etiqueta de ‘llorón’. Pero sí porque incluso en su adiós me permitía canalizar todo lo que me estaba pasando en él. Horas antes prometí mantenerme firme hasta el final con lo que sucedía a mi alrededor, pero su salida me hizo ver que a veces es imposible aguantar por mí mismo las toneladas de peso de los hechos. Como todas aquellas ocasiones en las que usaba sus barbaridades con el balón, gritaba su nombre o me ‘enfadaba’ como él tras ciertos partidos para dejar a un lado lo que me atormentaba. Sin que lo supiera, hasta en su adiós me ofrecía ese último pequeño baile.

Leer, revisar fotografías o desempolvar recuerdos en forma de objetos no ayuda a evitar aquello que canta Enrique Bunbury: el sufrir a diario la soledad de dos amantes que, al dejarse, están luchando cada quién por no encontrarse.

Tras superar la fase de negación, ira, negociación y depresión, llegó la aceptación. No sin decepción, pues el dolor que generó que su siguiente equipo fuera el Paris Saint-Germain se describe por sí solo teniendo en cuenta el contexto entre el club galo y el FC Barcelona. Mucho menos cuando podías apreciar en el rostro del propio Messi que en París no aparenta estar feliz. Tampoco en el campo, donde ni siquiera la alegría que significaba tener a su lado compatriotas como Ángel Di María o amigos como Neymar Jr compensaba en comparación a lo dejado atrás. Pero en todo ese camino que estaba haciendo por un motivo completamente distinto, ahí estaba él, siendo un acompañante al mismo tiempo que paralelamente era otra causa de mi recorrido.

Con el tiempo la aceptación pasa por entender la derrota como algo habitual. El adiós Messi, alguien que nos había acostumbrado a estar más alejados de ella, suponía poner los pies en la tierra. Leer, revisar fotografías o desempolvar recuerdos en forma de objetos no ayuda a evitar aquello que canta Enrique Bunbury: el sufrir a diario la soledad de dos amantes que, al dejarse, están luchando cada quién por no encontrarse. Pero, por mucho que la salida llegara a ser en contra de la voluntad, ayuda a sonreír por poder vivir todo lo que llegó a suceder. Una ‘alegría’ teniendo en cuenta que otros caminos nos llevan precisamente al lado contrario: a desear la presencia de ese final que nadie espera pero siempre llega para evitar sufrimiento.

Messi es un fenómeno tan difícil de describir con palabras que genera vértigo pensar en un posible retorno el año que viene. Supone un enfrentamiento de la racionalidad y el puro sentimentalismo. El equilibrio es el objetivo, pero a veces el peso de las emociones decanta la balanza. Verle un año después sin la camiseta del Barça es igual de raro que desde el primer día. Con él tuvimos la suerte de que lo positivo se impusiera ampliamente sobre lo negativo. Pero 365 días después, no queda otra que seguir entonando Aunque no sea conmigo: “Y no es por eso, que haya dejado de quererte un solo día. Estoy contigo aunque estés lejos de mi vida. Por tu felicidad, a costa de la mía. Pero si ahora tienes tan solo la mitad, del gran amor que aún te tengo puedes jurar, que al que te tiene lo bendigo. Quiero que seas feliz… Aunque no sea conmigo”.

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