Ganar como nunca

Un gol en el descuento de Lacatus acababa con el Madrid y abría las puertas del título de par en par para el Barcelona

Artículo de Jesús Núñez (@JJ_NG81)

Si hay un momento de la en tantas ocasiones sufrida historia azulgrana donde la autoestima y el optimismo culé alcanzaron cotas nunca vistas, ese fue el final de la Liga 1991-1992. Pero para explicar lo sucedido, debemos retroceder varios meses, a una fría noche de Kaiserslautern en un 6 de noviembre de 1991. Tras el 2-0 del Camp Nou, nuestro Barça se las prometía muy felices para entrar en la liguilla final de la Copa de Europa. Cierto es que estaba avisado por las eliminaciones de dos de los principales favoritos para estar en Wembley: el Arsenal y, sobre todo, el Olympique de Marsella, actual subcampeón de la competición que cayó sorprendentemente ante el Sparta de Praga. En fin, nada de lo que preocuparse. Lo dicho, el bagaje de la ida debía valer para meterse entre los ocho mejores.

O eso pensábamos hasta que el bosnio Demir Hotic, empujado por el infierno rojo del Fritz Walter, elevó al marcador un 3-0 que con el árbitro mirando el cronómetro dejaba al Barcelona al borde del desastre. Asfixiado físicamente ante el empuje teutón y el clásico arbitraje casero de la Europa de la época, bien podía agradecer de que no fueran seis los balones que tuviera que recoger Zubi entre las redes. Con todo ese tormento terminó Bakero elevándose sobre las torres alemanas cuando no había tiempo para más. Era el segundo punto de inflexión de Cruyff en el Barcelona tras la Copa salvadora de Valencia. ¿Quién sabe qué habría sido del Dream Team y de Johan sin aquel testarazo de Bakero? En fin, mejor no saberlo.

El Barcelona 91-92 jugaba realmente bien, muy bien. Con los conceptos totalmente asimilados, nada quedaba de la irregularidad de las dos primeras temporadas con Cruyff. Zubizarreta estaba cuajando una de las mejores temporadas de su carrera con el reconocimiento de segundo mejor portero del mundo tras el danés Schmeichel. Superadas las críticas de su primer año y la lesión en el tendón de Aquiles, Koeman ya era por fin lo que apuntaba en el PSV, el líder de la zaga y el mejor líbero del mundo tras Baresi. Flanqueado por dos perros de presa como Ferrer y Nando, allí donde nunca llegaba su velocidad, lo hacía una técnica y un desplazamiento de balón, inusuales en un defensor. Guardiola, definitivamente, se había consolidado en el eje del centro del campo. Liviano y falto del tan manido físico, parecía tener ojos en la nuca para ver y anticipar mejor que nadie la acción. A su lado, la finura de Eusebio y la llegada de Amor. El de La Seca construía y organizaba el juego desde la banda, y el de Benidorm, no tan estilista, era la disciplina personificada.

Bakero ya no sacaba de quicio al Camp Nou con sus pases hacia detrás. Un pivote en la mediapunta, que había hecho entender a la exigente parroquia culé, que aquello que tanto criticaban servía para dar amplitud, organizar el ataque y llenar el área. Laudrup, desde el falso ‘nueve’, era el gran talento del equip. No sabría decir si la estrella, pero sí el futbolista diferente, el verso suelto, el Mozart en un Barcelona donde había encontrado su ecosistema ideal tras las cadenas del Calcio. Haría la mejor temporada de su carrera. Stoichkov, ubicado en el extremo definitivamente por aquello de aprovechar su extraordinaria punta de velocidad y Txiki -o Goiko- en la otra banda completaban un equipo muy por encima de la media del fútbol español de la época en cuanto a espectáculo y brillantez. Sin embargo, pese a todo lo dicho, las cosas no iban del todo bien en cuanto a resultados. La lesión de Ferrer en Logroño, los despistes y la obsesión por la Copa de Europa, la baja forma de un Goikoetxea -que jamás recuperó el nivel de su primera temporada- y la falta de un verdadero recambio en Witschge que pusiera en apuros a la tripleta extranjera hacían mella en un Barcelona que, si bien es cierto que jugaba mejor que nadie, tres derrotas en los primeros cinco partidos habían disparado a su gran rival al frente de la clasificación.

El Madrid de Antic era todo lo contrario: orden, solidez y portería a cero. Con eso bastaba para vivir en el día a día de la Liga. Con Rocha había terminado con un problema en el centro de la zaga que duraba desde Benito. La Quinta seguía siendo la base del equipo, pero los varapalos europeos del PSV, Milán y Spartak de Moscú, pesaban como una losa en una generación sobre la que crecía la sensación de que sus mejores años ya habían pasado. La fluidez en el juego que daba Martín Vázquez nada tenía que ver con la anarquía y el individualismo de Hagi. Hugo Sánchez, ni estaba ni se le esperaba. Con Butragueño fijo, unas veces Luis Enrique, otras Aldana y Alfonso e incluso Hagi adelantando su posición aparecían como acompañantes. Los goles que faltaban sin el mexicano, los ponía un Fernando Hierro con el nueve a la espalda en la temporada más goleadora de su carrera.

Y aquí apareció Cruyff. Todo ese orden y disciplina del Madrid se vino abajo cuando empezó a rondar en la mente de Mendoza el “ganan, pero no dan espectáculo” del «Flaco». La guerra psicológica del holandés provocaba lo nunca visto: la destitución de Radomir Antic con el Madrid como líder. Leo Beenhakker, otra víctima de Cruyff, sería su sustituto. El Barcelona ponía la directa en la Liga, enjugaba hasta ocho puntos de diferencia con el Madrid. Parecía llegar con todas las posibilidades a la recta final hasta que dos derrotas en Valencia y en Tenerife junto a un empate en casa con el Burgos parecían llevar el título al otro lado del puente aéreo. Y digo parecía, porque aún quedaba la carta del Carlos Tartiere. Un gol en el descuento de Lacatus acababa con el Madrid y abría las puertas del título de par en par para el Barcelona. La derrota de la que nadie habla y de la que sin ella, probablemente, no existiría la Primera Liga de Tenerife.

Lacatus, uno de los verdugos del Barcelona con su penalti anotado ante Urruti en Sevilla, provocaba que al Madrid ya no le valiese el empate en Tenerife. Debía ganar sí o sí en el Heliodoro Rodríguez López si quería alzar el título. Máxime, cuando el Barcelona volaba tras Wembley. Liberado de cargas con la ansiada Copa de Europa, seis goles en Valladolid y cuatro en Sarriá, decantaban el gol average a su favor a falta de la última jornada. Un Athletic sumido en una transición que parecía no acabar nunca, era el rival en el desenlace liguero. El principio de la década estaba siendo muy duro para un equipo que por segunda temporada estaba más cerca del descenso que de la parte alta. La segunda parte de Clemente, como la mayoría de las segundas partes, no fue buena. El relevo de Iñaki Sáez, aún peor, y de Txutxi Aranguren, sólo cabía esperar salvar los muebles a la espera de la llegada de Heynckes. Ni siquiera, un bastión histórico del club como la portería, pasaba por su mejor momento. Iru y Kike no podían con la alargada sombra de Zubizarreta en un marco que recibía más goles que nadie. Solo Alkorta, Garitano y un joven Eskurza salvaban los muebles en un equipo donde eso sí, crecía una extraordinaria camada de la casa tan bien aprovechada por Heynckes y liderada por un campeón de Copa Juvenil, Julen Guerrero. De lo que sucedería en el Tenerife-Real Madrid en una calurosísima tarde del 7 de junio de 1992, poco nos queda por decir. El Barça completaba su parte ganando 2-0 al Athletic y en Tenerife quedaron aquellos cinco puntos desperdiciados en las cinco últimas jornadas de la liga 81-82, las lesiones de Schuster y Maradona, Duckadam y todos los males de una década. El Barcelona, por fin, había ganado de la forma en que históricamente, siempre perdió.

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