El cuento de nuestras vidas

Vivimos buscándola permanentemente, pero nadie nos enseña qué es la felicidad. Es algo que averiguamos por el camino mientras tropezamos con una decepción detrás de otra. A medida que fracasamos, empezamos a desistir de ese cuento perfecto que tanto soñábamos. Por eso nos cuesta hablar abiertamente sobre si somos felices o no, porque por mucho que nos salgan bien las cosas, siempre nos hallamos incompletos, con lagunas que tememos no llenar nunca.

En ese extraño vacío se encontraba Leo Messi, pese a protagonizar una historia de película. Un pibe que le dedica los goles a su abuela en el cielo, que contínua enamorado de la chica que le robó el corazón siendo niños y que desde que llegó al Barça, el club de su vida con el que formó un binomio legendario, empezó a redefinir el fútbol en todas las dimensiones posibles.

No le bastó con ser el mejor de la historia del fútbol gracias a una inigualable trayectoria en el Barça, quería imitar al Diego y ser el más grande. Debía trascender con su querida Argentina, huérfana de éxitos con él al mando. Pasaban los años, su cometido le aguardaba inacabado y se le intuía un reto de complejidades titánicas mientras el reloj del retiro le jugaba en contra.

Casualidades del destino, fue acabar su contrato con el Barça y empezar a dominar el fútbol de selecciones con la albiceleste. En poco más de un año tumbó a la campeona de América (Brasil), la campeona de Europa (Italia) y la campeona del Mundo (Francia) para cerrar el círculo en Qatar y convertirse en el mejor y más grande futbolista de siempre.

Ya puestos a engrandecer su leyenda, Messi y Argentina quisieron coronarse en el que las crónicas internacionales ya catalogan como el partido de todos los tiempos. Pese al soberano baño futbolístico al que sometieron a los franceses, se complicaron ellos solos la existencia a merced de Mbappé pero, con el ‘Dibu’ Martínez haciendo la mejor parada de la historia en el desenlace de la prórroga, terminaron rebosantes de felicidad tras los penaltis. Una felicidad que ya era plena, sin huecos por los que escapar de un cuerpo de 35 años con más de 1000 partidos a sus pies. Un hombre aliviado que no le podía pedir nada más a la vida.

El relato de Leo Messi solo se explica desde lo improbable y lo irracional. Lo primero, por el torneo que ha esculpido a base de un fútbol fuera de la naturaleza de jugadores de su edad, consiguiendo un Last Dance sin parangón en el deporte. Lo segundo, por la resiliencia con la que resistió en las numerosas decepciones a lo largo de los años, que se han convertido en gasolina para avivar el fuego interior de un Messi más pasional y maradoniano que nunca.

Hace años que la literatura futbolística especulaba con posibles finales de carrera para Leo Messi. Nadie hubiera escrito un epílogo en el que coincidieran los momentos más tristes despidiéndose del Barça en contra de su voluntad y desencantado de la Champions con, a su vez, la consecución de la ansiada Copa del Mundo en su último baile mundial. Un ejemplo más de que la vida nos tiene reservados los colofones más insospechados incluso para cuando osamos creer conocer el destino.

Hay una generación que vivirá el resto de su vida marcada por la narrativa del cuento más bonito. El de Leo Messi, un chico que más allá de la fama, la fortuna o el desbordante éxito deportivo, aspira a no ver su bondad corrompida, no perder nunca las raíces que le hicieron triunfar y disfrutar de sus seres queridos todo cuanto pueda. Quizá este es nuestro verdadero leitmotiv.

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