El espejo Christensen

El danés llegó al Camp Nou sin generar expectativas y en siete meses se ha convertido en un ejemplo de lo que nos gustaría ser

Columna de Joan Cebrián

La línea defensiva del FC Barcelona se ha convertido en aquella persona popular con la que todo el instituto quería bailar. Hecho el glow up -el ‘crecimiento’ de toda la vida, pero dicho en inglés-, ha dejado atrás todos aquellos granos que echaban atrás o las actitudes que hacían entrever que, quizás, necesitaba darle un par de vueltas al cóctel molotov de sus pensamientos. Su brillantez se ha magnificado hasta el punto de seguir recibiendo críticas. Si antes las tenía que soportar por su fealdad, ahora le toca aguantar por haber logrado el cambio. El ‘tú antes molabas más’ -en muchos casos, un intento de quedar bien- vuelve a aparecer. En el marco culé, concretamente porque ‘reniega’ de su estilo, ADN, filosofía o término que funcione como sinónimo de ello. El contexto, a fin de cuentas, es como las medias verdades: lo usamos cuando nos conviene.

Que la defensa blaugrana sea una de las principales sensaciones de la temporada tiene principalmente cuatro responsables: Jules Koundé, Ronald Araújo, Alejandro Balde y Andreas Christensen. Koundé brilla por la pulcritud de su talento complementada con un carisma único fuera del campo. Araújo lo hace de otra forma, aportando el marco emocional que hace del fútbol un concepto entendible e inteligible a la vez. Balde directamente representa a la perfección qué es la juventud. ¿Pero Christensen? El danés a estas alturas se ha convertido en un meme: todo el mundo habla de él, pero nadie le pregunta cómo está cuando es el espejo más ‘alcanzable’ de todos.

Compararse con cualquier futbolista de élite exige un enorme ejercicio de humildad porque se parte de una base: la gran mayoría de personas no puede alcanzar su nivel. Koundé y Araújo escenifican el ‘don’ que tanto genera la duda sobre si es natural o trabajado. A Balde le sucede lo mismo, especialmente cuando en su etapa en el Barça Atlètic no se le auguraba un gran futuro en el primer equipo, pero recuerda más a aquellos tiempos disfrutados que no volverán. Eso convierte a Christensen en el defensa que más cerca queda de nuestras posibilidades. Y es que más allá de los seguidores de la Premier League, poca gente podía hacer afirmaciones sobre el danés.

Llegó al Camp Nou tras finalizar su contrato con el Chelsea FC sin hacer ruido. El estruendo -justificado, todo sea dicho- llegaba por parte del fichaje de su excompañero, Antonio Rüdiger, por el Real Madrid. Ese mismo sigilo es el que ha moldeando la opinión pública a favor del danés. Sin demasiadas expectativas a sus espaldas, su rendimiento ha sido una de las sorpresas tanto dentro como fuera de Aristides Maillol. Correcciones, duelos, salida de balón… Los motivos futbolísticos para satisfacerse con su nivel están a la orden del día. Sin embargo, para los mortales incapaces de llegar a esa altura tanto técnica como físicamente, los importantes son los que se encuentran lejos del césped.

El fútbol, como la vida, está sumergido de lleno en la cultura del highlight. No eres nadie si el café rutinario de las mañanas, la enésima visita a tus amigos, el decimosexto vermut consecutivo en domingo o la tercera borrachera de la semana -con bastantes números de haber sido lamentable, por cierto- no se ha idealizado por la red social adecuada. Christensen es todo lo contrario. Llegó en las condiciones idóneas para el Barcelona y su rendimiento moldeó la publicación ideal. Pero el danés, sobre el césped, se comporta como si el móvil y toda la aprobación exterior se la sudaran.

Quizás el barcelonismo y Andreas Christensen vivan una luna de nieve que posteriormente se diluya. A lo mejor el año que viene deja de ser un ‘Kaiser’ para compartir el mismo destino de Clément Lenglet. Pero en el primer año como blaugrana, lección aprendida: el ego, en su justa dosis. No siempre hace falta comportarse como Rihanna volviendo a los escenarios bajo el aparatoso peso mediático de la SuperBowl. A veces, simplemente con cumplir regularmente es suficiente. El silencio que genera la ausencia de una persona callada puede hablar mucho más que la presencia de cualquier extrovetido. Ese es el espejo que Christensen aporta cuando uno quiere fijarse en la zaga blaugrana y ver alguna similitud en su propio rostro. Posiblemente el más útil teniendo asimilada la premisa de que, para hechos como saber estar en el lugar y el momento adecuado, no hay ningún manual.

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