Barça, Liga F y Queens League: el precio de la visibilidad

Las calles de Barcelona se pintaron de blaugrana. Invadidas por miradas infantiles que proyectaban sueños, ornamentadas con jóvenes colgados de farolas y marquesinas para ver de cerca a sus ídolos y, por fin, sus ídolas. El escudo vuelve a proyectar ilusión, pero también emana referentes femeninos, igualdad, visibilidad, futbol; de aquel que es para todos, de verdad.

La rúa de campeones del FC Barcelona baila por las calles de la Ciudad Condal con unas jugadoras que, por primera vez, son en su totalidad protagonistas de una celebración a la par que sus compañeros. Es imposible no cavilar en la niña que mira con los mismos ojos a Pedri que a Alexia y pensar en cómo serían hoy las vidas de todas aquellas pequeñas soñadoras que nunca pudieron imaginarse ahí arriba si esto no hubiera llegado tan tarde.

Pero es solo una parte del pastel. La parte apetecible de este, en la que no se ve que el pastel está mordido por atrás. El pedazo visible, que reluce en la galería con orgullo y un mérito más que justo, pero que esconde centenares de jugadoras en una misma liga con una condiciones mucho más paupérrimas para competir al más alto nivel, que esconde escándalos inimaginables en el futbol masculino y que hace años que se encuentra aguantando en silencio.

La grieta entre el Barça y otros equipos de su misma competición doméstica, la Liga F, es abismal. Los recursos, los sueldos, la competitividad… y la visibilidad. En los clubs existe una inversión previa que, sin duda, explica el resultado de la ecuación. Pero la creación de una liga de futbol profesional también requiere de convicción estructural, una inversión de la misma institución a parte de la de las entidades, un creer en que es posible que un producto que funcionará y debe funcionar, funcione, una apuesta en una idea para que se convierta en realidad y las futbolistas no tengan que remar solas, a contracorriente y en una barca que hace aguas.

Quizá una inversión absolutamente millonaria, donde el futbol es lo de menos y sin más objetivo que el puro entretenimiento y el lucro económico, como es el caso de la Queens League, no sea el mejor ejemplo posible para hablar de visibilidad del deporte femenino. Pero pone en el centro la cuestión de hasta qué punto están ciertas instituciones a adoptar distintas responsabilidades para que esto ocurra.  

No nos engañemos, el “éxito” televisivo del futbol masculino no se debe al futbol, se debe a las carteras de quiénes lo sitúan en la televisión, a aquellas corbatas que sí que creen en el producto. El futbol es atractivo en tanto que se invierta en él, y se suele invertir mucho. El argumento de que un producto triunfa por su contenido y no por quién cree en el contenido quizá quedó hoy, en el paradigma del capitalismo salvaje, un poco atrás.

Sin ir más lejos,  las cuotas televisivas hablan por sí solas: la Queens League debutó con casi 300.000 espectadores y aunque las cuotas de DAZN no son públicas, todo apunta a que son bastante menores. Quizás sea hora de replantearnos cómo invertimos en deporte y qué le exigimos a este, hora de dejar el paternalismo atrás y que el futbol deje de depender de la celeridad del proyecto de un solo club. Que las deportistas se sientan valoradas por lo que son.

Hora de que entendamos que el futbol femenino no tiene que darle explicaciones a nadie de porque debe ocupar portadas, ni justificar porque existe y merece notoriedad. Ni que este sea solo válido por si es o no es un nicho de mercado.

El despacho está casi siempre desierto cuando el deporte femenino es el tema sobre la mesa, y luego nos preguntamos por qué solo hay unos pocos equipos que disfrutan de rúas, de títulos, y de visibilidad.

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