Hijos de Michael Robinson

Se genera un vacío muy extraño cuando una voz desaparece. Yo soy hijo de la voz de Robinson. Crecí con Canal +, con esos partidos narrados por Carlos Martínez y Michael Robinson, con sus voces, su complicidad, la ironía anglosajona, corrosiva y a la vez dulce, de Robinson, con sus juegos de palabras, con sus gestos de asombro, su sinceridad casi pueril. Siempre me lo imaginé como un niño, o con la ilusión de un niño por contar historias, por hacer más ameno el fútbol. Vivir los años del Mourinhismo más bestia con sus comentarios avispados e inteligentes fue reconciliarte con aquel deporte, no dejar nunca de creer en la bondad que hay en el fútbol.

Se pliega algo dentro de mi, algo que desconocía. Es extraño, porque no lo conocí, nunca pude hablar con él. De aquellas personas que, cuando creces, siempre sueñas con poder charlar. Pero aún así, notaba que compartíamos algo indestructible. Porque pensar en Micahel Robinson es pensar, también, en mi abuelo, en mi padre. En partidos que me han emocionado, en domingos – el peor día de la semana- que se transformaban en sábados noche cuando su acento empezaba a contarnos el partido. Su voz ha sido el hilo conductor de mi infancia y mi adolescencia. Es raro, porque su pérdida es también un poco la pérdida de algo que tre acompañaba, de una certeza: llegará el domingo y escucharé el partidazo, le diré a mi padre que Robinson cada día habla peor el castellano, reiré con sus juegos de palabras y admiraré sus comentarios punzantes y certeros. Una certeza, como un segundo hogar. Ahora, hay vacío, dudas.

Es algo fantástico que su último partido, Su “Last Dance” fuese en Anfield. En su casa. Con un mundo que no entendía, con nuevos enemigos, con el fútbol pasando a ser algo del pasado, algo vacío. Se fue cuando ya no queda nada más por narrar, cuando ya no hay más partidos que jugar. Como si el fútbol hubiera concedido una tregua, un guiño especial. Hay algo dentro de nosotros, de todos los hijos de Robinson, que nos une. No hay mejor forma de recordar su voz que tomar ejemplo de lo que él hacía. Su sentido del humor y su capacidad para relativizar las cosas son el mayor legado que nos deja en estos tiempos tan oscuros.

Los domingos noche serán un poco más tristes a partir de ahora.

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