Hijo de la ruina

Le robé el epitafio a Miguel Quintana sin saber que pertenecía a Natos y Waor pero, para el caso que concierne este artículo, da un poco igual, aunque me parecía de justicia citarlo al inicio. Riqui Puig, el futbolista con apariencia aparentemente pueril e indefensa, es Hijo de la Ruina del mismo modo que lo fueron Xavi Hernández o Andrés Iniesta – sin ánimo de establecer ningún tipo de comparación subsecuente-. El canterano es un combo, un cóctel rematadamente eficaz de lo que precisamente el primer equipo cojea, no ya esta temporada, sino que es algo estructural que hace años que azota la primera plantilla. Riqui ha sabido hacer valer sus virtudes y disimular sus carencias porque lo primero ha pesado mucho más que lo segundo en un equipo viejo, cansado y falto de vigorosidad.

Lo primero que cabe señalar es que Riqui Puig juega desde el estómago. Es una afirmación que puede chocar frontalmente con lo que muchos puedan pensar porque su fútbol, más allá de ese esteticismo poroso que tiene, es académico en el sentido más hondo de la palabra. Pero ambos adjetivos, que emanan de su juego, son compatibles y de hecho es lo que hace de Riqui un futbolista especial. Es precisamente esta comunión entre lo académico y, digamos, lo emocional, lo que hacen que el espectador sienta que con Riqui todo está en un equilibrio placentero. ¿Por qué emocional y académico? Lo primero salta a la vista. Es intuitivo, ágil, siempre predispuesto a ofrecer una línea de pase, y su tic continuo de brazos, dando aspavientos y señalando su alrededor para hacer que el poseedor del balón se de cuenta de la posición que se ha ganado, son parte de algo que nace desde una relación intuitiva y salvaje con el cuero. Quiere -y siente- que puede ser el protagonista.

Lo académico, que es menos vistoso pero si cabe más importante, se ve cuando uno fija sus ojos en sus movimientos, gestos y recorrido. Algo que se acentúa si luego uno mira a Rakitic/Arturo Vidal, interiores que suelen copar esas posiciones, o incluso Arthur y Frenkie De Jong, en menor medida. Riqui es paciente, un concepto que a sus 20 años, aun tiene muchos matices. Sus ganas de agradar, de hacer que cada acción tenga un impacto positivo en el entrenador, pesan mucho, y es lógico, pero aun con esto, Puig es un jugador que tiene un olfato especial para leer situaciones posicionales, para esperar entre líneas, a la espalda de los pivotes, en ese cuadrado entre centrales y doble pivote, un espacio maldito, difícil, en el que moverse es un ejercicio para virtuosos. Y ahí, Puig es muy bueno. Sabe interpretar cuando bajar para generar espacios, cuando esperar y cuando moverse. Algo que se aprende después de mamar ADN Barça, concepto etéreo y siempre difícil de explicar. No nace de mirar vídeos de Xavi en bucle, sino de jugar así durante años.

Decía muy atinadamente Albert Morén que Riqui destaca más “por lo que hace sin balón que lo que hace con él”, y esto, a mi parecer, es mucho más positivo que si fuera al revés. El virtuosismo/técnica con el balón es algo que Riqui tiene de base y, sin ser una técnica depuradísima, sí es notable. Pero lo que lo hace especial es lo que, a priori, lo que lo hace parecer débil: su físico. Aquí entramos en un terreno pantanoso, pero donde creo que hay una verdad que pasa, demasiadas veces, como duda: Riqui saca ventaja de su físico y, en consecuencia, su fútbol es el idóneo para las condiciones que tiene. Ágil, muy rápido, potente en conducción, agresivo, liviano pero vertical, cada una de estas condiciones son cuencos perfectos en los que su fútbol puede hechar raíces y crecer debidamente. Neymar JR en 2013, cuando aterriza en el FC Barcelona, tenía un físico extrañísimo en extremos de élite, de una delgadez y aparente fragilidad sorprendentes, pero a la vez era elástico como ninguno, rápido y de una agilidad espectacular. Mientras algunos señalaban sus puntos a mejorar, él construía un fútbol acorde a sus ventajas físicas. Riqui, sin duda, las tiene.

De hecho, hay dos factores o aspectos en el juego de Puig que me emocionan especialmente y me hacen ser optimista con su evolución e impacto en el primer equipo. El primero es la forma en la que el de Matadepera presiona la pérdida. Es imposible no evocar la figura totémica de Iniesta en este arte, pues el canterano salta con una agresividad y velocidad demenciales, y además suma ahí una intuición que hace que cada vez que acosa al rival genere una ventaja para el colectivo. Y no ahorra esfuerzos. Los reproduce con extrema facilidad y, algo que es producto también de la juventud, denota que lleva dentro un sacrificio, un fuego interno, que tiene que ver con lo primer señalado: juega desde el estómago. El otro aspecto destacable son sus desmarques que no tienen parangón en ningún otro interior que haya producido La Masia en los últimos años y se salen del molde del que estamos acostumbrados. Más que desmarques son cortes metálicos, secos. Sprints de treinta metros en los que la convicción de que este movimiento va a generar una ventaja. Porque Riqui aun no ha perdido la fe en el colectivo, en el peso de la idea, y esto lo aleja y lo desmarca de sus compañeros, que juegan alicaídos, a veces sin creer en el compañero. La Fe de Riqui es contagiosa.

Celebrara Puig el gol de Ansu ante el Alavés con los puños cerrados y un grito en el cielo. Rabia, pero sobre todo, Fe. Riqui aun no ha sido corrompido por los vicios de una plantilla acomodada desde Berlín, tumbada en su propio regazo autocomplaciente y gigantesco. Un Barça bajo el manto de Messi. Eterno. Riqui es irreverente, no concede tregua a su fuego interno y es cosnciente de la grandeza del club así como del impacto que él puede generar ahora que las estatuas se están cayendo. Entre el caos él es Academia, es un espejo que retrotrae al pasado. Pero es también fuego, un caos medido y esteta. Riqui, entre la Academia y el Estómago, ha nacido de la Ruina y en ella deberá crecer y madurar. Junto a Ansu Fati, hacía mucho tiempo que la culerada no se le entrecortaba la respiración a la hora de hablar de dos futbolistas criados en La masia.

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